El Título preliminar......, o ¿Qué hubiera sido la Constitución
Española si sus redactores nos hubieran procurado libertad para
crecer, en lugar de quedarnos prisioneros y amordazados con aquella
puñetera manía de dejarlo todo atado y bien atado?
¿Qué es España? El
artículo 1 de este título preliminar lo dice bien claro:
“1.
España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho,
que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la
libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.
“
O sea, que España no es
un territorio, ni la constitución es su escritura de propiedad. La
constitución es un documento dirigido a los socios que constituyen
ese Estado Social: los 40 millones de ciudadanos que nos llamamos
españoles. La base fundamental de un estado es el pueblo que lo
forma. Sin pueblo, no hay estado, ni hacen falta leyes, ni
territorio, ni instituciones. Todos estos elementos: territorios,
instituciones, leyes, son complementarios al concepto de estado y
surgen de él o forman parte de él de forma consecuente o
complementaria. El territorio es un dominio del estado, las leyes y
las instituciones son elementos creados por el estado para valerse de
ellos. Pero una cosa es clara desde el punto de vista de la
constitución, desde el punto de vista de la historia de nuestra
propia vida y desde el punto de vista de la historia de las vidas de nuestros
antepasados remontándonos a cientos de años atrás, con pequeñas
lagunas desastrosas intermedias que no pueden considerarse nada más
que como simples anécdotas con moraleja esperpéntica incluida: hay
un sólo estado español, no 17 estados federados. Hay un solo pueblo
español que forma un único estado, no 17 pueblos que formen 17
estados asociados en uno. El Estado español los formamos, hoy, más
o menos, 40 millones de españoles, inscritos todos ellos en un
registro civil español y común. Tenemos también en común un gran
patrimonio generacional formado a través de siglos, por los
esfuerzos, por las privaciones, por las alegrías, por los aciertos y
los errores de las vidas de incontables millones de muertos,
incontables millones de españoles antepasados de los actuales. Eso
es un Estado: un pueblo único y unido que tienen en común un
valioso, complejo e inseparable patrimonio, que nos ha sido legado de
forma solidaria por millones de antepasados comunes muertos. Y nos lo
han legado en usufructo, íntegro, como nosotros lo debemos legar a
nuestros sucesores de forma automática. Ese patrimonio es un
conjunto de valores de todo tipo que distinguen al hombre actual del
hombre del pasado, a la mujer , al niño, al anciano, a la sociedad,
a las empresas, a los servicios, a las ciudades, a los pueblos, a las
viviendas de la actualidad de sus homólogos del pasado. Tan sólo
hay que hacer un viaje de unos cientos de kilómetros al sur de
nuestra frontera para poder comprobar en vivo la riqueza, complejidad
y uniformidad de ese patrimonio generacional que poseemos y en el que ni siquiera reparamos. No es posible andar
cuestionando de forma improvisada el reparto de un patrimonio tan
complejo, con raíces tan profundas, con tantos antecesores
enterrados entre esas raíces y con tal cantidad millonaria de
sujetos vivos interesados en ese patrimonio, todos ellos con una parte alícuota en su propiedad. No es aceptable que ahora, de bote pronto, sin
base jurídica, sin base racional que evalúe ese patrimonio de forma
justa, se entre a realizar un reparto de sus bienes sin más criterio
que un certificado de empadronamiento en el lugar. Nadie en su sano
juicio puede estar dispuesto a apostar tanto en una jugada tan arriesgada, propuesta por un pequeño grupo de fanáticos, con tan poca solvencia
y tanta prepotencia. Parece de broma. ¿Quién es capaz de atribuirse
tanto poder sin caer en la cuenta de su insignificancia ante tanto
pasado, ante tanta riqueza, ante algo tan delicado que afecta de
forma tan decisiva a las vidas presentes y futuras de tal cantidad de
sujetos coopartícipes a los que se pretende despreciar y dejar fuera de tal decisión? Hay que ser
muy atrevido e ignorante por parte de quien se lo piensa, y hay que
ser muy cobardes por parte de quienes son despreciados y despojados
de lo que es suyo por alguien que no cuenta ni con derecho ni con
fuerza para hacerlo.
Pero volviendo al título
preliminar, fijémonos en qué cosas dice, qué cosas debería decir y las calla, y qué otras cosas escribe en el nombre del pueblo incurriendo en un auténtico abuso de confianza.
La constitución sí dice
que:
España es un
estado, un pueblo, un solo pueblo: el pueblo español.
Y que es un estado
social, esto es, que sus objetivos son los de brindar y gestionar servicios sociales al conjunto de ciudadanos asociados a ese estado:
sanidad, educación, seguridad, justicia, etc.
Y que se trata de un
estado democrático, lo que quiere decir que las
decisiones en los asuntos públicos son competencia del pueblo. El
pueblo deberá tomar esas decisiones de forma más o menos directa,
por medio de sus representantes. Sí, hemos de reconocer que nuestra
democracia es la menos directa que podríamos considerar. Nuestra
participación democrática se centra en votar cada cuatro años un
conjunto de listas, formadas por nombres de los que desconocemos la
mayoría, y los que conocemos, en general, son bastante poco
respetados. La información que se nos transmite de su gestión por
nuestros representantes es mala y poca. Nuestros representantes no
nos rinden cuentas, ni se reúnen con nosotros de forma periódica, y
si de algo nos enteramos es por la prensa, y todo lo conocido suele
ser escandaloso. Nuestros administradores, de forma general también,
nos han desfalcado las cuentas de todas nuestras instituciones, y
cuando nos hemos enterado ha sido ya en el peligroso momento de la
quiebra. Hay que estar muy ciego para no ver que este sistema de
democracia representativa ha funcionado mal con distintos partidos,
con distintas personas, en tiempos de bonanza y en tiempos de crisis.
Y no podemos echar la culpa de ese fallo a la democracia. No ha
fallado la democracia, nos han fallado los representantes. Nos han
fallado los políticos, y nos han fallado por falta del control de
los ciudadanos que hemos actuado con absentismo total delegando también el control de los
políticos en los propios políticos a los que hemos entregado
nuestra administración, nuestra legislación y nuestra justicia. Nos
fabricaron una democracia muy cómoda, a la antigua usanza, en la que los
ciudadanos no participasen en nada, y claro, eso no es una
democracia. La democracia es tanto más democracia cuánto más
participativa sea. En el pasado la participación ciudadana era algo
complicado con los sistemas de comunicación e información
existentes, pero hoy eso ha cambiado. Hoy tenemos medios de
comunicación y medios de información que posibilitan diseñar una
democracia más participativa e inteligente. No se trata de que los
ciudadanos sustituyan a los políticos. No. Necesitamos políticos
que cumplan sus funciones ejecutivas y legislativas. Necesitamos
políticos. Pero necesitamos buenos políticos, no esto que tenemos.
No necesitamos falsos y malos políticos como los actuales, que sólo
sirven para hacer trampas protegidos por un sistema democrático
opaco que los protege para que incumplan con sus funciones y
corrompan todo lo que tocan. Pero los ciudadanos no podemos gobernar
ni escribir las leyes, sino sólo controlar. Los ciudadanos sólo tenemos que hacernos
presentes para recibir las debidas cuentas de los actos de los
políticos de forma frecuente, periódica y puntual: todos los meses.
Los ciudadanos debemos poder evaluar a los políticos en base a sus
acciones de forma periódica, frecuente y puntual: cada seis meses.
Las evaluaciones de los ciudadanos tienen que alcanzar tanto a la
sanción de las leyes presentadas por los diputados, como a las
cuentas de gestión rendidas por los gobernantes, de forma que las
leyes sean aprobadas o rechazadas por el pueblo y que los gobernantes
sean nombrados y cesados por el pueblo, no por estos falsos
representantes actuales que no han hecho otra cosa en todos estos
años que despreciar al pueblo y engañarnos miles de veces. El
pueblo debe turnarse en su función evaluadora. No es necesario que
todos estemos pendientes de votar cada seis meses, ni que tengan que
hacerlo siempre los mismos. Podemos turnarnos, como lo haríamos para cumplir funciones de vigilancia en nuestro barrio. No hace falta un
referendum para aprobar una ley, o para evaluar la gestión de seis
meses de un alcalde. Hay submultiplos del referendum, que no es sino
una unidad de medida de la opinión pública, como lo es el metro de
la longitud. Un milireferendum a nivel de circunscripción nacional,
vendría determinado por todos aquellos ciudadanos con derecho a voto
cuyas tres últimas cifras del dni fueran coincidentes una tupla de
tres cifras obtenida al azar. Con esa fórmula, cada opinión del
pueblo vendría extraída de un censo de unos 40.000 ciudadanos
cambiantes en cada ocasión, con lo que harían falta que se
realizasen mil votaciones para que un ciudadano tuviera que repetir.
Suponiendo que en un año se realizasen, pongamos que 10 votaciones a nivel nacional,
harían falta que transcurriesen 100 años para que un mismo
ciudadano tuviese que participar dos veces a este nivel. Lo que
permite concluir que el esfuerzo participativo no es que sea
exagerado, sino muy llevadero si lo compartimos entre todos. Pero en síntesis, lo que la
constitución dice es que España es un Estado democrático. Eso es
indiscutible. Dentro de eso cabe ser más directamente democrático,
o menos directamente democrático, como somos ahora. Yo creo que
merece la pena que ese gradiente de democracia sea cuanto más
directo mejor, pero en cualquier caso yo entiendo que en este asunto
merece la pena pensar y ensayar algo que mejore el sistema, y en mi
opinión ese ensayo debe dirigir a hacerlo más democrático, no
menos.
Dice también la
constitución que España es un Estado de Derecho. Esto
es, la soberanía para aprobar las leyes reside en el pueblo,
actualmente por medio de sus representantes (los diputados las
redactan indirectamente por el pueblo, y se las presentan al pueblo, indirectamente representado también, de forma unipersonal en
este caso, por el jefe del estado, para su sanción). El pueblo puede
sancionar leyes nuevas, y derogar o cambiar las antiguas, pero las
leyes aprobadas, mientras no sean cambiadas o derogadas por el
procedimiento normalizado y sancionadas por el pueblo, deben
cumplirse por todos. Y las nuevas leyes no pueden tener un carácter
retroactivo. Eso es un Estado de Derecho: un estado en el que la ley
está por encima de todo y de todos. Y por eso, entre otras cosas, el
parlamento catalán no puede declarar la independencia mientras esté
vigente una constitución que votaron los españoles de toda España
en el año 1978, que son los mismos que actualmente podrían cambiar
esta constitución y cualquier otra ley.
Dice, como es natural
tratándose de una democracia, que la soberanía nacional
reside en el pueblo español.
Dice en su artículo 2
que la constitución se basa en la indisolubilidad de la
nación española.
Habla también la
constitución en su artículo 3 de la lengua oficial del
Estado: el español. Y en su artículo 4 de la bandera:
La roja y gualda que todos conocemos.
Y los consagra como dos símbolos del Estado.
Básicamente
con estos cuatro artículos ya ha dicho las cosas más importante.
Redundar en ellas, como lo hace en el artículo 9, no era necesario.
Ya ha dicho que España es UN
ESTADO,
que es SOCIAL,
DEMOCRÁTICO,
de DERECHO. De
forma redundante ha repetido que LA
SOBERANÍA NACIONAL RESIDE EN EL PUEBLO ESPAÑOL. Ha
proclamado la INDISOLUBILIDAD
DE LA NACIÓN ESPAÑOLA.
Y ha definido algunos de los símbolos del Estado: la LENGUA
OFICIAL y la BANDERA.
Pero, en mi opinión, le han quedado algunas cosas importantes por
decir, y que son imprescindibles en una constitución que pretenda ser
duradera. Por ejemplo:
Le
ha faltado hablar de nuestro PATRIMONIO
GENERACIONAL INDIVISIBLE, legado de forma solidaria e indisoluble al pueblo
español por múltiples generaciones de antepasados, como una razón
importante y motivadora de nuestra indisoluble unión.
Le
ha faltado añadir un par de símbolos más en los que el pueblo
español quiere verse representado: su HIMNO
y su JEFE DEL
ESTADO.
Y le ha faltado explicar que es lo que va a ocurrirle inevitablemente a cualquiera
que manifieste enfrentamiento, falta de respeto, u oposición con los
principios y valores que consagra la constitución: con el
estado de derecho, con la práctica democrática, con el pueblo
español, con su soberanía, con la indisolubilidad del estado, con la
libertad, con la justicia, con la igualdad, y con cualquiera de los
símbolos del Estado. Le ha faltado sancionar que cualquier acto de
este tipo será considerado como delito de traición y que el
culpable va a ser castigado con la pérdida de la nacionalidad y el
resto de los derechos de un ciudadano español y con la extradicción
a algún país con el que se firme el oportuno convenio.
Todas esas
pequeñas, pero vitales, determinaciones le faltan a nuestra constitución, y bien que se ha notado su
falta en todos estos años. Con estas determinaciones, es posible que
Artur Más u Oriol Junqueras pudieran haber llegado a ser
personajes conocidos en la actualidad, lo que es más difícil de imaginar es que esa
fama la hubiesen logrado por constituirse en líderes del
independentismo catalán.
En mi opinión también le sobran varias cosas a este título
preliminar para darlo por válido y suficiente para servir por sí solo como una auténtica
constitución. También, en todos estos años, algunas de ellas se
han dejado notar como especialmente molestas e inoportunas. Por
ejemplo:
¿A cuento de qué viene decir en el artículo 2 de la constitución
española que se reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de
las nacionalidades y regiones que la integran? ¿Y por qué no de los
pueblos, de las provincias, que al menos éstos existían
jurídicamente en el momento de redactar la constitución? ¿Por qué
no también se reconoce el derecho a la autonomía de los ríos y de
los montes, que también existen y se merecen respeto? ¿No es la constitución española
lo que se está escribiendo?¿A qué viene quitarle el protagonismo
que le corresponde totalmente a la nación en estos momento y hablar
de algo tan secundario como las autonomías, que no van a ser otra
cosa en el futuro que una organización administrativa?¿Por qué
darle ese protagonismo político a unos entes aún inexistentes que
los ciudadanos de aquel tiempo no llegaron ni a imaginar a qué se
referían con ello? Esa mención a las autonomías es una
capitulación bochornosa que a unos ciudadanos ignorantes nos colaron
de matute en aquella constitución, y que ahora, deberíamos hacer
desaparecer de ella cuánto antes mejor.
Igualmente sobran de la constitución las citas en las que se da el
rango de lenguas oficiales a las lenguas regionales, y las que
reconocen como banderas oficiales en sus respectivos territorios a
las banderas autonómicas. España es un sólo Estado, y en un Estado
sólo hay una lengua oficial. A nivel no oficial se podrán hablar
todas las lenguas que se quiera, libremente, desde el chino al latín,
pero, lengua oficial, para uso en actos o servicios oficiales y como
vehículo en la enseñanza, sólo puede haber una. Y bien clara ha
sido la cantidad de problemas que nos ha traído esta simpática
concesión. Y con el tema de la bandera igual: un estado, una
bandera. Un Estado un himno. Un Estado un Jefe de Estado. Lo demás
fueron capitulaciones vergonzosas. Y ya es el momento de anularlas.
Sobra igualmente, por falta de enjundia, escribir dentro de la
constitución un artículo 5 para indicar que la capital del estado
es Madrid. Eso fuera de la constitución, en una ley orgánica que
regule la administración territorial del Estado puede tener cabida,
pero no en una constitución nacional. Es irrelevante.
Son igualmente irrelevantes y es inadecuado citar dentro de la
constitución española ni a los partidos políticos, ni a los
sindicatos, ni a las organizaciones empresariales, ni al ejército.
Los protagonistas de la constitución son el pueblo y el gran
proyecto común de esta unidad de destino en convivencia democrática
basada en valores como la libertad, la justicia y el pluralismo
político. Todo lo demás debe quedar fuera de la constitución.
Habrá leyes orgánicas que traten de todos estos temas. Serán leyes
importantes, pero no tan importantes como para estar presentes dentro
de la constitución. En la constitución sólo cabe lo esencial. Lo
puro. Cuantas menos cosas se incluyan en la constitución más larga
vida se le asegura. Por el contrario cuántos más artículo y
títulos le añadamos, más oportunidades estamos teniendo para meter
la pata y que en breve tiempo nos demos cuenta de que nuestra
constitución es un follón de artículos que no conocemos nadie y
que al conocerlos nos escandalizamos y quisiéramos cambiarlos. Y eso
nos lleva a vivir en un permanente descontento, porque no es fácil
cambiar una constitución. Y si un pueblo no conoce su constitución,
porque es una enciclopedia, ese pueblo no puede sentirse identificado
con su constitución y sentirse orgulloso de ella, hasta el punto de
dar por ella su propia vida, que es lo que se debe esperar de una constitución que valga la pena.
No hay un pueblo más admirable que el de las abejas. En este pueblo
los individuos viven para la colmena. Todo está dispuesto para
asegurar el destino de la colmena. Hay como un código no escrito que
le da a cada individuo su lugar en el proyecto social de la colonia. El premio
nobel Mauricio Meterling llamó a este código no escrito "el espíritu
de la colmena". Hoy ya se sabe que ese código que mantiene unida la
colmena es un mensaje que emite la reina por medio de una feromona,
cuyo olor impregna todo su habitat y mantiene unidos e informados a cada
uno de sus individuos. Pero ese código químico, tan sencillo de
entender que se comunica con un simple olor, es tan fuerte y
motivador que cualquier componente de la colmena deja su vida por
defenderlo. Los humanos no tenemos escrito en nuestro código
genético esa identificación y lealtad con nuestro pueblo, por eso
necesitamos escribir una constitución que nos oriente y nos marque
el camino de identificación y compromiso con nuestro grupo social. Escribamos
pues un código sencillo, un bello código, un código que entendamos
todos y del que nos enorgullezcamos, que respetemos y que nos haga respetables.
El haka no es una simple coreografía de un equipo de rugby para impresionar a sus contrarios. Es un código primitivo con el que se identifica el pueblo neozelandes de forma sublime