Los defectos de nuestra constitución.
Una Reforma
Constitucional debe ser algo excepcional. En la vida de un pueblo, un
cambio en su constitución es algo comparable a una operación a
corazón abierto. O sea que no es cosa para tomarla por costumbre y
repetirla de vez en cuando.
La propia C.E. (Pulsar en
el siguiente vínculo mientras se presiona la tecla Control para
acceder al texto completo de la C.E.
http://noticias.juridicas.com/base_datos/Admin/constitucion.html
), dedica su título X a determinar el procedimiento a seguir en
una Reforma total o parcial de la constitución.
Así, para iniciar un
proceso de reforma es necesario:
- Que la propuesta de reforma sea aprobada por dos tercios de cada cámara (filtro político nº1).
- Acto seguido, en su caso, se procedería a la disolución inmediata de las cortes y a la convocatoria de elecciones generales para elegir unas nuevas cortes constituyentes (dificultad social nº 1: La sociedad tiene que aguantar una una nueva molesta campaña, pagarla, perder un día votando, y contemplar, después, como los partidos negocian unos con otros, intercambiando sus votos como si de cromos se tratase, llegando a cambiar el sentido del voto ciudadano, que siente que al final le han vuelto a tomar el pelo).
- Las nuevas cámaras elegidas, deberán ratificar la decisión de reforma, o abortarla (filtro político nº 2), y, en caso afirmativo, proceder al estudio del nuevo texto constitucional, que deberá ser aprobado por la mayoría de dos tercios de ambas cámaras (filtro político nº 3).
- En el caso de que esos dos tercios aprueben el texto, será sometido de forma inmediata a referendum general para su ratificación por el pueblo (filtro del pueblo nº1 y dificultad social nº 2).
O sea: zafarrancho
general en medio de una tormenta del carajo.
Pero obsérvese que los
filtros que ha de pasar una reforma antes de llegar al pueblo son
filtros de políticos (nada menos que 3). Si a ellos, a los políticos,
mayoritariamente, no les interesa una reforma constitucional, van a
tener tres ocasiones para abortarla antes de que llegue
al pueblo. Curiosamente, las motivaciones que puede tener un pueblo
en una reforma constitucional, como la actual, es la hartura general
que tenemos todos de los políticos y los privilegios que esta
constitución les brinda. Y resulta que, lejos de tener en nuestra
mano la posibilidad de emprender esta iniciativa, dependemos
triplemente de ellos, de los presuntos culpables, para que se lleve adelante una reforma en la
que, en ningún caso, vamos a tener la menor posibilidad, nadie que
no sea presunto, de aportar ni manifestar un sólo pero.
Nos quieren hacer sentir
la constitución como algo propio, algo querido, algo sentido, algo
que debemos defender, pero no se dan cuenta de que han escrito una
cosa distante, imposible de leer, de entender, de identificarse con
ella. No es nuestra, es suya ¿Cómo pretenden que la queramos? Sin embargo así debería
ser, esto es, deberíamos conocerla, sentirnos identificados con
ella, respetarla y hacerla respetar. La constitución es algo
intangible, pero es esencial para la existencia de un pueblo. Debería
ser como el espíritu que mantiene unida la colmena. Pero ¿En qué
consiste ese espíritu?¿Cómo lo podemos reconocer?
Una nación no es su
gobierno, ni su ejército, ni sus geografía, ni su historia. Todo
eso son herramientas de la nación, o datos acerca de su ubicación
espacial o temporal, pero ninguna de esas cosas constituye la
esencia de una nación.
Una nación es básicamente un pueblo unido.
Eso es una nación. Y esa unión conlleva también la existencia de un
patrimonio en común generado a lo largo del tiempo. Ese patrimonio
es un legado generacional que se recibe en forma solidaria. No es
posible repartirlo. Un matrimonio se puede separar. Es doloroso, pero
es posible. El acto de la separación matrimonial sólo afecta a dos partes y a
los posibles hijos. Es decir, cuantitativamente, la disolución de un
matrimonio afecta a pocos. El patrimonio matrimonial, generado por
los propios cónyuges, es relativamente fácil de repartir.
Pero
¿Cómo poner de acuerdo en la conveniencia de una separación a
40.000.000 de partes, de las que sólo unas cuantas de ellas están
interesadas? ¿Cómo se reparte un patrimonio, físico y espiritual,
activo y pasivo, que se ha recibido de forma no explícita,
solidaria, de manera ininterrumpida a lo largo de años, de vidas y de
muertes, y del que no existe ni inventario ni valoración?
En la
esencia de un pueblo se encuentra, en primer lugar, ese intangible
que denominamos indisolubilidad de la nación. Ese irrenunciable
derecho, y deber, a mantener el legado generacional en su integridad
es la primera razón de nuestra existencia como pueblo con un origen
y un destino común. Otro intangible de ese espíritu de congregación
debe ser el derecho, y el deber, a la soberanía por parte de ese
pueblo. Esto es, el derecho de ese pueblo a tomar democráticamente
las decisiones sobre los asuntos públicos, sin filtro alguno que se
lo impida. Y el deber de no aceptar que nadie tome esas decisiones
por él.
Ese tipo de intangibles como la indisolubilidad y la
soberanía, son los asuntos que merecen quedar escritos y blindados
en una constitución. Esos valores y otros parecidos, todos ellos
referidos al pueblo en general, son los que una constitución debe
defender y blindar por escrito. La constitución es un proyecto a
largo plazo. Sin término diría yo. A mi entender, sólo una fusión
con otros pueblos para formar un ente superior es lo que podría
ponerle fin. La constitución debe se un documento ilusionante,
conmovedor, apasionante que anime a un pueblo a moverse unido y le
haga sentirse siempre dispuesto y atento a continuar con su proyecto de
aventura, con su futuro en común. Un conjunto de razones e ideales,
insoslayables por un lado, ilusionantes por otro, que nos animen y
nos orienten en el largo camino. Algo que nos permita reconocernos a
unos con otros con orgullo. Un perfil de pueblo con el que nos
identifiquemos, que amemos, que respetemos y que nos haga dignos de
respeto ante los ojos de los demás. Un conjunto de ideales a los que
aspiramos como pueblo: unas leyes rectas y nobles, una justicia
limpia, una sociedad libre, igualitaria, solidaria, culta, amigable,
pacífica, .. un pueblo que aspira a ser feliz. Ése es el espíritu
que un pueblo debe poner por escrito en su constitución. El espíritu
que debe proteger y guardar en el cofre blindado de su constitución.
Una constitución que debe darse a conocer y enseñar a respetar y a
querer ya a los niños en las escuelas. Una constitución no es un
contrato notarial, ni mercantil, ni una enciclopedia de 169
artículos. Una constitución es un juramento, un pacto de sangre que
compromete a su cumplimiento desde antes y hasta después de nuestra
propia vida. Eso es la constitución. Y eso cabe en un simple pliego.
No hacen falta 10 títulos y 169 artículos, ni llenar páginas y
páginas con términos jurídicos que sólo entienden los abogados.
Ésa es la esencia y el contenido de la constitución: el espíritu
de un pueblo. Eso es lo que debe figurar en el pliego constitucional.
Lo que no debe figurar en
ese pliego, al lado del espíritu, son las herramientas de que se va
a dotar ese pueblo para realizar ese largo viaje. Esas herramientas
son importantes e imprescindibles para que ese pueblo avance, pero no
son esenciales, ni inmutables. Al contrario, esas herramientas hay
que mantenerlas siempre en perfecto funcionamiento, hay que
engrasarlas, afilarlas, llevarlas a reparar e incluso renovarlas
cuando se queden viejas u obsoletas. No podemos blindarlas. Al
contrario hay que observarlas continuamente para descubrir sus
imperfecciones, y, en su caso, repararlas. No deben conservarse esas
herramientas en el mismo arca de la constitución, porque son de
distinta naturaleza, composición, duración y uso. Sí, hacen falta
leyes orgánicas que definan y regulen la Jefatura del Estado, el
Gobierno, el Parlamento, la Institución de Justicia, etc, pero, esas
leyes orgánicas deben estar fuera de la constitución. No deben
gozar esas leyes del carácter de inmutabilidad que les da el formar
parte de la constitución como títulos integrados en ella. La
constitución es algo perfecto que no necesita retoques y no debe
asociarse con múltiples entidades orgánicas importantes, pero
imperfectas y sujetas a perfeccionamiento en cualquier momento en que
se vea necesario, sin dilación, y cuanto más oportunamente mejor.
Esa unión absurda de lo esencial con lo accesorio, de lo espiritual
con lo material, en el seno de nuestra constitución actual nos ha
conducido durante todos estos años a través de un camino
accidentado plagado de obstáculos insalvables, que ha generado una
convivencia difícil y conflictiva.
He aquí, por tanto, la
primera reforma que habría que hacer de forma indispensable en
nuestra constitución. Hay que soltar lastre. La constitución es,
simplemente, el contenido de su título preliminar, por supuesto
perfeccionado, porque el actual es cobarde y desapasionado. No está
hecho pensando en reflejar y magnificar la esencia del pueblo
español, sino desde la desconfianza hacía el pueblo español de
unos padres constituyentes que por unas u otras razones no eran
personas apropiadas para redactar la constitución que este pueblo se
merece y necesita como apoyo para tan largo viaje.
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