sábado, 17 de octubre de 2015

Una fábula


Para escuchar antes de leer. Dedicado especialmente a mi amigo Fernandito Calpena, celebrando su total restablecimiento, 

El otro día, un amigo empresario, me enseñaba las instalaciones de su negocio de hostelería, mientras se quejaba de la crisis que pronto le iba a obligar a cerrar.
  • Creo que tienes ratones-le dije.
  • No, es imposible. Lo tenemos desratizado. Mira. - y me enseñó un letrero colgado en la entrada en el que se proclamaba oficial y pomposamente la ausencia de roedores e insectos.
  • Perdona, pero yo he visto excrementos por varios sitios. Si quieres te envío a un experto que venga a hacerte una inspección.
  • Por supuesto, puedes enviarlo, pero te aseguro que aquí no hay roedores.

Mi amigo, el experto, encontró roedores. Y muchos. Descubrió que el propio recepcionista del establecimiento era un roedor. Era el mismo rey de los roedores disfrazo de recepcionista. Tenía además, este recepcionista,  el poder mágico de convertir a los clientes en roedores sin que se diesen ni cuenta. Es más, descubrió que el objetivo inmediato de los ratones era declarar la independencia de la cocina, a la que llamarían República de Ratolandia, y quedársela para ellos.

Mi amigo, el empresario, se negó a dar crédito al informe. Para él, el certificado colgado en la pared era salvaguarda y garantía total. Lo que ponía aquel certificado oficial era más verdadero, para él, que sus propios ojos.

Un día, mi amigo, el empresario, encontró un ratón comiendo de su bocadillo del almuerzo. Ya no tuvo más remedio que admitir la realidad y, a partir de ahí, empezó a ver lo nunca visto: los ratones se paseaban por la cocina, por los almacenes, por el comedor, y hacían sus necesidades encima de los alimentos almacenados que luego se servían a sus clientes.

  • Tiene que empezar a combatir a los ratones. Debe echarlos fuera, o acabarán con su negocio. Pero, en primer lugar, de forma urgente, tiene que despedir al recepcionista. Debe poner un encargado dedicado a colocar trampas, y a perseguir a los ratones y echarlos a la calle, hasta que no quede ni uno. Debe añadir al letrero que advierte que su negocio está libre de ratones, una coletilla para establecer públicamente un procedimiento continuado de lucha contra los roedores. - le aconsejó el experto.
  • Pero, ¿Cómo me pide que ponga en el letrero algo tan duro? ¿Cómo me pide que despida al recepcionista? ¿Cómo quiere que eche a los pobres ratones a la calle? Muchos han entrado aquí como clientes y se han convertido en roedores dentro del propio establecimiento.
  • ¿Pero, usted quiere ver su negocio libre de ratones o le da igual?
  • No, no, yo quiero que mi negocio este libre de ratones, como pone en el letrero.
  • Pues entonces, amigo mío, tiene que actuar. Déjese de timideces y luche por los intereses de sus clientes, de la misma forma que su recepcionista está luchando por los intereses de sus congéneres y súbditos: A cara de perro. El recepcionista es un héroe y un patriota para los ratones, pero para su negocio es un traidor. Los ratones son unos animalillos inofensivos, pero para su negocio son enemigos públicos a los que debe declarar la guerra abierta. Cambie el cartel y empiece con la cacería ya, si quiere que sus clientes le empiecen a mirar a usted como su propio héroe, y no como un traidor a su propio negocio y a su propia especie, que permite que le dividan el restaurante y le arrebaten, nada menos, que la cocina.

Este ejemplo guarda un cierto paralelismo con el tema de la Reforma Constitucional que vengo desarrollando en el blog. El letrero que nadie respeta , ése que garantiza la ausencia de roedores, es equivalente al artículo 2 de nuestra constitución que solemnemente proclama que:

“La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.” 

Es exactamente el mismo caso de aquella piscina pública en que el vigilante se dirige a un bañista para preguntarle si no ha visto el cartel de la entrada, que indica que no se puede orinar en la piscina, a lo que el bañista  responde: “ ¿No? ¿Y cómo estoy yo pudiendo?"

¿Qué pasa, cuando pasa todo lo que ha venido pasando, poco a poco, a ojos vistas, desde el día siguiente a la promulgación de la constitución? ¿Qué pasa cuando un presidente de comunidad autónoma se atreve a decir que él lo que persigue es la independencia, cuando dice que su autonomía no forma parte de la unidad española, cuando dice que va a realizar una consulta, y unas elecciones plebiscitarias, cuando asegura que dentro de 18 meses serán independientes?

Pues pasa que hay que reconocer que el cartel estaba sin terminar, y así no sirve para nada. Que hay que reformar el cartel rápidamente. Que hay que escribir que el establecimiento estará siempre libre de roedores, que los roedores se declaran ilegales y enemigos del negocio, que su presencia se investigará de forma constante y que cualquier roedor que sea descubierto en el interior sera inmediatamente cazado y expulsado. Y eso, que no parece que vaya a pasar, es lo único que podría reflotar este negocio que, al paso que va, pronto tendrá que poner el cartel de cerrado por quiebra total.



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