Estábamos en medio una crisis de unidad del Estado que amenazaba con
llevárselo a pique.
Necesitábamos, por
encima de todo, resolver esa crisis de unidad, que podía llevarnos a
todos por delante.
Necesitábamos un
gobierno y un parlamento fuerte, que apostase por dar una solución
sólida y sin fisuras a ese grave problema estructural del Estado.
Necesitábamos un
parlamento potente, capaz de acometer una reforma constitucional que
reparase ese grave problema y otros muchísimos desajustes que la
actual constitución viene propiciando: la permisividad ante el
destructivo derrotismo separatista, la impunidad de los políticos
por sus actos reprobables, el absurdo y anticuado formato de
participación ciudadana, el esperpento de la justicia... todo ello
propiciado por una vieja constitución de escaparate, de fachada
democrática de cartón piedra sin nada detrás.
Necesitábamos también
un gobierno técnico, un gobierno eficaz que busque, pensando, las
soluciones a los problemas de nuestro tiempo: a la incompetencia de
nuestra economía, al déficit presupuestario, a la ineficacia
administrativa, al desempleo, a la discriminación social,.... Son
todos problemas técnicos del mundo actual, cuyas soluciones no se
encuentran en los viejos tratados doctrinales de la izquierda ni la
derecha. Esos tratados se han quedado obsoletos. No necesitamos
políticos que se escuden en esos tratados y en sus fans, para
ocultar su falta de ideas propias. Necesitamos profesionales que se
apliquen a resolver con método, eficacia, transparencia y prontitud
estos graves problemas técnicos. Y que den explicaciones continuadas
de su gestión y se sometan a evaluación continuada también, para
ceder su puesto al siguiente si es que sus métodos no funcionan.
Necesitábamos unos
líderes estadistas, capaces de comprender esta crítica situación y
tener un comportamiento responsable; capaces de establecer acuerdos
constructivos, de salirse del primer plano, de poner por delante la
estabilidad de la nación, de dar ejemplo de confianza, de serenidad;
capaces de formar un equipo de gentes competentes dispuestas a
ponerse a trabajar con honradez y lealtad y de ponernos a tirar a
todos del mismo carro detrás de ellos.
Todas esas cosas son las
que estas elecciones tenían que traernos a los españoles. Ésa era
la carta que 35 millones de ciudadanos le enviamos al destino el día
20D.
Y la carta nos salió que
ni pintada. Más clara imposible. Luego dicen que los españoles no
estamos preparados o que la democracia no es un buen sistema, porque
el pueblo tira a voleo. Podíamos haber pedido una mayoría débil de
izquierda o derecha que nos hubiese proporcionado otros 4 años más
de pelea barrio bajera, gobierno vs oposición, con los
independentistas jaleando desde la grada, mientras arrojaban basura y
desperdicios para que cada vez tengamos más estercolero y menos
Estado. Pero no. Claramente, el pueblo ha manifestado que no quiere
un gobierno ni de izquierdas ni de derechas. Que no se fía de
ninguno de ellos, ni en particular, ni en comanditas ideológicas. La
única solución viable, es la solución unionista. Una coalición
que concuerde con gran fortaleza a los tres partidos que tienen en común, tanto la
vocación unionista de sus votantes, como la confianza en un respeto
a las normas democráticas demostrada por la actitud de sus
partidos en anteriores legislaturas.
¿Y qué nos ha traído
el destino? ¿Qué os habíais pensado que nos merecemos nosotros?
¿Revolucionar la historia? ¿Pensabais inventar una nueva dimensión
política?¿Los españoles inventar?¿Los españoles constructivos? A
vosotros lo que más os gusta- ha resuelto el destino, empeñado en
que lo nuestro no es cambiar- es una bolsa de pipas y un melodrama de
tiros. Meteros en el papel del actor de vuestra preferencia y
aplaudir cuando le dan su plano bueno, y pitarle al oponente, y comer
pipas, y criticar a la salida a la vecina que se ha morreado con el
novio en la última fila, en la penumbra de la sala.
Por eso, el sabio
destino, el puñetero destino, nos ha traído lo que más nos gusta:
una película del Oeste: El guapo, el bueno, el tonto y el malo. Para
que disfrutemos con el espectáculo, mientras nos comemos la bolsa de
pipas, mientras el novio de la vecina se la trajina corruptamente en
la clandestinidad. Y al final, como es propio en los westerns
almerienses, se matan todos entre todos: el guapo, el bueno, el tonto
y el malo. Y la sala se queda vacía, hartos ya los espectadores de
tanto spaguetti western, de tanta fórmula comercial sin mensaje, sin
guión y sin argumento. Esperemos que el cine europeo o americano nos
vuelva a traer un gran estreno que llene de nuevo las salas, con una saga cineasta de magnitud, aunque sea una repetición del neorrealismo italiano. Así que, hala, a ver como se
matan, mientras nos duren las pipas.
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