martes, 29 de septiembre de 2015





























¿Tenemos algo que celebrar?

Después de un verano inquietante, esperando el desenlace que traería este 27 de septiembre, con la prensa dando opiniones día tras día. De unos y de otros. Unos ignorando el envite con que se nos estaba retando desde el otro lado, despreciando el desprecio que que se nos estaba haciendo en nuestra propia casa por una parte de sus ocupantes, la amenaza permanente que se nos lanza cada vez que pronuncian la palabra independencia desde las instituciones oficiales a través de los medios públicos..... Sí, ha sido un verano preocupante. Es difícil evadirse, y, por supuesto, no es la postura que pondrá solución a este problema.

En realidad el contenido subliminal de los mensajes a la ciudadanía española no es otro que: !Os vamos a derribar vuestra casa! !El día 27 todas vuestras estructuras legales os las vamos a echar abajo! !Olvidaros de vuestras rutinas, de vuestras pensiones, de vuestros puestos de trabajo, de la normalidad de vuestras vidas, porque el día 27 lo vamos a poner todo patas arriba, vuestra casa y la nuestra. No es por nada, es simplemente, porque nos da la gana, por odio, y porque, a nosotros, a los políticos promotores, en cualquier caso nos va a ir mucho mejor.

Y todos nosotros esperando que llegase el día 27 y que el buen juicio de los catalanes pusiera fin a esta sinrazón. Como así, al final, puede que haya sido, por los pelos, en todo caso, y con matices. Porque esto no ha acabado aquí. En realidad, nadie sabe que es lo que va a pasar a partir de ahora. No está previsto ni por los promotores, ni por quienes deberían haber parado todo esto en seco hace ya años. Pero, de momento, ya todos están celebrando. Todos están tan contentos: los independentistas y los constitucionalistas. Todos están tan contentos por los votos que han sacado, que recuentan como si fuera un tesoro. No se sienten responsables del miedo y la preocupación causada a la población. Creen que la gente ha acudido a votarles, en masa, ilusionados por sus mensajes, esperanzados con sus programas. Y lo celebran, están contentos, saltan, bailan, gritan, ríen. Nos han dado el verano, nos han acojonado y nos han llevado a votarles tapándonos la nariz. Eso es lo que celebran. “Hemos evitado que derriben el Estado”- pensarán unos. “Todavía no”- pensarán los otros. Y mientras tanto, nosotros, los ciudadanos normales de uno y otro lado ¿Tenemos algo que celebrar? ¿No seremos precisamente nosotros quienes deberíamos poner punto final a toda esta fiesta? ¿Dónde estábamos nosotros a la hora de la fiesta? ¿Por qué no nos presentamos allí para mandarlos callar a todos?





lunes, 28 de septiembre de 2015

Día 27S +1+........

¿Qué hemos hecho los ciudadanos españoles para merecer esto? Unos políticos que nos insultan y nos deprecian como pueblo, que se atreven a cuestionar la unidad de un país en el que ellos mismos han nacido y que les ha otorgado su nacionalidad, su cultura, sus derechos y su privilegiada condición decisoria. ¿Qué hemos hecho para merecer unos políticos incapaces de resolver problemas que se eternizan; problemas, además, que ellos mismos han creado, que convocan unas elecciones con unos procedimientos que producen unos resultados que pueden hasta no servir para nada y tener que repetirse?

Los españoles formamos un pueblo digno, tan digno como cualquier otro, tan válido, tan trabajador y tan capaz de convivir en paz con sus vecinos como cualquier otro. Tan bueno y tan malo como cualquier otro pueblo. Hemos sido capaces de adaptarnos a un cambio social tan difícil como pasar de una dictadura a un sistema, como el actual, al que nos hemos acostumbrado dentro de un ambiente de podredumbre política casi irrespirable, que hemos soportado crisis económicas y, antes, una guerra causada también por unos políticos, aquellos, tan torpes e indeseables como los actuales. Sí, somos un pueblo que ha demostrado sobradamente su aptitud. Pero, de la misma manera, tenemos una clase política incapaz, inválida, corrupta, perniciosa, como también ha quedado sobradamente demostrado a lo largo de los últimos 37 años.

No hay ni un sólo político vivo que se merezca nuestro voto. No tenemos ni un sólo partido democrático. Si queremos salir adelante como país y cambiar el torcido rumbo que lleva nuestra nave desde hace 37 años, hemos de entender esto y cambiarlo de forma radical. Ha de renovarse al cien por cien la clase política, sus conceptos y sus principios. Han de cambiar los partidos políticos, su organización y sus procedimientos oscuros, navajeros y faltos de participación y de evaluación. Basta ya de mandarines, Pedros, Pablos, Albertos, Marianos o como quiera que se llamen. Los partidos los dirigen sus bases. Los partidos deben ser fábricas de ideas, no cotos privados familiares.

La clase política es necesaria, eso lo sabemos. Mientras el resto de los ciudadanos nos dedicamos a nuestros asuntos, tiene que haber un grupo de nosotros que se dediquen a los asuntos comunes. Ese grupo de ciudadanos son los políticos. Los políticos deben ser capaces, competentes en los asuntos públicos de su incumbencia, y, como la mujer del Cesar, no sólo ser honrados, sino también parecerlo. Es decir, que deben rendir cuentas claras de sus obligaciones a sus jefes, no las cuentas del Gran Capitán, sino cuentas claras, comprensibles y exactas a sus jefes. Y sus jefes somos nosotros, los ciudadanos. Y lógicamente los jefes deben poder evacuar de sus cargos a esos políticos cuando las cuentas no sean claras, o no sean buenas, o estén mal explicadas.

Y algo tan fundamental como eso, que un empleado tenga que rendir cuentas a sus superiores y acatar sus decisiones, es una de las cosas que le falta a nuestro sistema político. No es el único defecto, pero sí el principal. Ese descontrol de que gozan los políticos, que en lugar de considerarse nuestros empleados se consideran nuestros representantes, les permite ejercer sus cargos de forma ineficaz, prepotente, desleal y corrupta, con total inmunidad, y eternamente. No se ha hecho selección en la clase política en estos 37 años. Y se nos ha quedado lo más podrido y lo más ineficaz de la ciudadanía dentro de la clase que debería ser la más eficaz y noble.

Es por ahí, por donde debemos empezar a exigir los ciudadanos, desde ya, si queremos que la estructura social, el estado español, en la que descansan todos nuestros derechos, y las condiciones de vida de nuestras familias tenga un futuro, porque, de seguir así, el futuro va a ser corto.


Tenemos que cambiar el sistema político actual desde la legalidad actual. Hay que conseguir un sistema en el que a los presidentes de gobiernos, de comunidades y de ayuntamientos, los nombremos directamente los ciudadanos, sin pactos de diputados, ni de concejales intermediarios. Tenemos que conseguir que esos presidentes nos rindan cuentas mensualmente de sus gestión, a nosotros, a los ciudadanos directamente. Y los ciudadanos tenemos que evaluar cada seis meses a nuestros presidentes: aprobado o suspenso, de modo que, si repite suspenso en dos ocasiones, automáticamente cese en su cargo y le sustituya el suplente que quedó segundo en las elecciones respectivas. Igualmente, nuestros legisladores, nuestros diputados, deben rendir cuentas, explicar con detalle, cada ley que presenten al pueblo, para que sea aceptada o rechazada por nosotros. Y someterse a una evaluación semestral de la satisfacción con los trabajos presentados por cada grupo: aprobado o suspenso. Y dos repeticiones de suspensos implican que el grupo entero cesa y es sustituido por el grupo suplente. Ya basta de que los diputados voten. No tienen que votar, sino legislar para nosotros. Somos nosotros quienes debemos votarles y botarles a ellos. Este procedimiento de selección masal continuada, nos proveería en un futuro inmediato de políticos aptos, y no de lo que tenemos ahora. Obviamente no podemos utilizar el referendum como fórmula de expresión de la opinión pública, sino que habríamos de utilizar otras formas más funcionales, como sería el milireferendum, un submúltiplo del referendum, que nos permitirían expresar la opinión ciudadana sin mucho desgaste, con total fiabilidad y de modo frecuente. Pero esto del milireferendum es algo novedoso, que merece que lo volvamos a tratar con más detalle en este blog, en otro momento. Por hoy, vale la cosa, tenemos bastante entretenimiento por delante para ver que nos depara este esperpento teatral de las elecciones catalanas, de la independencia de Cataluña y del ataque a un Estado español, tan bien defendido por nuestra constitución, que dos elementos tan poderosos como Más y Yunquera se han atrevido a plantear a cara de perro y llevarlo adelante hasta quién sabe dónde, sin que nadie los haya expatriado al Senegal, sin papeles, hace ya años. Y aquí seguirán en el futuro, conspirando contra el Estado, abierta e impunemente. Y encima cobrando del erario público.