Día 27S +1+........
¿Qué hemos hecho los
ciudadanos españoles para merecer esto? Unos políticos que nos
insultan y nos deprecian como pueblo, que se atreven a cuestionar la
unidad de un país en el que ellos mismos han nacido y que les ha
otorgado su nacionalidad, su cultura, sus derechos y su privilegiada
condición decisoria. ¿Qué hemos hecho para merecer unos políticos
incapaces de resolver problemas que se eternizan; problemas, además,
que ellos mismos han creado, que convocan unas elecciones con unos
procedimientos que producen unos resultados que pueden hasta no servir para
nada y tener que repetirse?
Los españoles formamos
un pueblo digno, tan digno como cualquier otro, tan válido, tan
trabajador y tan capaz de convivir en paz con sus vecinos como cualquier
otro. Tan bueno y tan malo como cualquier otro pueblo. Hemos sido
capaces de adaptarnos a un cambio social tan difícil como pasar de
una dictadura a un sistema, como el actual, al que nos hemos
acostumbrado dentro de un ambiente de podredumbre política casi irrespirable,
que hemos soportado crisis económicas y, antes, una guerra causada también por
unos políticos, aquellos, tan torpes e indeseables como los actuales. Sí, somos un pueblo que ha demostrado sobradamente su
aptitud. Pero, de la misma manera, tenemos una clase política incapaz,
inválida, corrupta, perniciosa, como también ha quedado
sobradamente demostrado a lo largo de los últimos 37 años.
No hay ni un sólo
político vivo que se merezca nuestro voto. No tenemos ni un sólo
partido democrático. Si queremos salir adelante como país y cambiar
el torcido rumbo que lleva nuestra nave desde hace 37 años, hemos de
entender esto y cambiarlo de forma radical. Ha de renovarse al cien
por cien la clase política, sus conceptos y sus principios. Han de
cambiar los partidos políticos, su organización y sus
procedimientos oscuros, navajeros y faltos de participación y de
evaluación. Basta ya de mandarines, Pedros, Pablos, Albertos, Marianos o como quiera que se llamen. Los partidos los dirigen sus bases. Los partidos deben ser fábricas de ideas, no cotos privados familiares.
La clase política es
necesaria, eso lo sabemos. Mientras el resto de los ciudadanos nos dedicamos a
nuestros asuntos, tiene que haber un grupo de nosotros que se
dediquen a los asuntos comunes. Ese grupo de ciudadanos son los
políticos. Los políticos deben ser capaces, competentes en los
asuntos públicos de su incumbencia, y, como la mujer del Cesar, no
sólo ser honrados, sino también parecerlo. Es decir, que deben
rendir cuentas claras de sus obligaciones a sus jefes, no las cuentas
del Gran Capitán, sino cuentas claras, comprensibles y exactas a sus
jefes. Y sus jefes somos nosotros, los ciudadanos. Y lógicamente los
jefes deben poder evacuar de sus cargos a esos políticos cuando las
cuentas no sean claras, o no sean buenas, o estén mal explicadas.
Y algo tan fundamental como eso, que un empleado tenga que rendir cuentas a sus superiores y
acatar sus decisiones, es una de las cosas que le falta a nuestro
sistema político. No es el único defecto, pero sí el principal.
Ese descontrol de que gozan los políticos, que en lugar de
considerarse nuestros empleados se consideran nuestros
representantes, les permite ejercer sus cargos de forma ineficaz,
prepotente, desleal y corrupta, con total inmunidad, y eternamente.
No se ha hecho selección en la clase política en estos 37 años. Y se nos ha quedado lo más podrido y lo más ineficaz de la ciudadanía
dentro de la clase que debería ser la más eficaz y noble.
Es por ahí, por donde
debemos empezar a exigir los ciudadanos, desde ya, si queremos que la
estructura social, el estado español, en la que descansan todos
nuestros derechos, y las condiciones de vida de nuestras familias
tenga un futuro, porque, de seguir así, el futuro va a ser corto.
Tenemos que cambiar el
sistema político actual desde la legalidad actual. Hay que conseguir un sistema en el que a
los presidentes de gobiernos, de comunidades y de ayuntamientos, los
nombremos directamente los ciudadanos, sin pactos de diputados, ni de concejales intermediarios. Tenemos que conseguir que esos presidentes
nos rindan cuentas mensualmente de sus gestión, a nosotros, a los
ciudadanos directamente. Y los ciudadanos tenemos que evaluar cada
seis meses a nuestros presidentes: aprobado o suspenso, de modo
que, si repite suspenso en dos ocasiones, automáticamente cese en su
cargo y le sustituya el suplente que quedó segundo en las elecciones
respectivas. Igualmente, nuestros legisladores, nuestros diputados, deben rendir cuentas,
explicar con detalle, cada ley que presenten al pueblo, para que sea
aceptada o rechazada por nosotros. Y someterse a una evaluación
semestral de la satisfacción con los trabajos presentados por cada grupo: aprobado o suspenso. Y dos repeticiones de suspensos implican
que el grupo entero cesa y es sustituido por el grupo suplente. Ya basta de que los diputados voten. No tienen que votar, sino legislar para nosotros. Somos nosotros quienes debemos votarles y botarles a ellos. Este
procedimiento de selección masal continuada, nos proveería en un
futuro inmediato de políticos aptos, y no de lo que tenemos ahora.
Obviamente no podemos utilizar el referendum como fórmula de
expresión de la opinión pública, sino que habríamos de utilizar
otras formas más funcionales, como sería el milireferendum, un submúltiplo del referendum, que nos
permitirían expresar la opinión ciudadana sin mucho desgaste, con
total fiabilidad y de modo frecuente. Pero esto del milireferendum es algo novedoso,
que merece que lo volvamos a tratar con más detalle en este blog, en
otro momento. Por hoy, vale la cosa, tenemos bastante entretenimiento por delante para ver que nos depara este esperpento teatral de las elecciones catalanas, de la independencia de Cataluña y del ataque a un Estado español, tan bien defendido por nuestra constitución, que dos elementos tan poderosos como Más y Yunquera se han atrevido a plantear a cara de perro y llevarlo adelante hasta quién sabe dónde, sin que nadie los haya expatriado al Senegal, sin papeles, hace ya años. Y aquí seguirán en el futuro, conspirando contra el Estado, abierta e impunemente. Y encima cobrando del erario público.